El profeta Muhámmad ﷺ
La vida de Muhámmad ﷺ, de una infancia huérfana en La Meca a la emigración a Medina, y qué lugar ocupa para los musulmanes.
Muhámmad, la paz sea con él, a quien el español tradicional llama Mahoma, nació en La Meca hacia el año 570, en el clan Hashim de los Quraish, la tribu que dirigía la ciudad. La Meca era plaza de comercio y sitio de peregrinación, levantada alrededor de un santuario antiguo llamado la Kaaba, y el poder estaba en manos de las familias de mercaderes. Su padre murió antes de que él naciera y su madre cuando tenía seis años, así que lo crio su abuelo y después un tío, Abu Tálib. Como era costumbre, pasó parte de la primera infancia con una familia beduina en el desierto.
Con veintitantos entró a trabajar para una comerciante viuda, Jadicha, llevando caravanas hacia el norte. Con el tiempo se casó con ella. Tuvieron cuatro hijas y dos hijos varones, y ninguno de los dos varones sobrevivió. Nada en los primeros cuarenta años de esa vida se parece al comienzo de una religión.
La cueva y lo que vino después
Cerca de los cuarenta había tomado la costumbre de retirarse solo a una cueva del monte Hira, a las afueras, para pensar. Los musulmanes relatan que una voz, identificada después como el ángel Gabriel, le mandó recitar; que él respondió que no sabía; y que la orden se repitió hasta que llegaron las palabras. Esas palabras abren el capítulo noventa y seis del Corán. Volvió a casa temblando y se lo contó primero a Jadicha.
Predicó en privado al principio y en público más tarde, y el mensaje era sencillo e incómodo: adoren solo a Dios, dejen los ídolos, respondan por su conducta en un día de juicio. La economía y el prestigio de La Meca estaban atados a esos ídolos. Los primeros conversos fueron sobre todo pobres y esclavos, y sufrieron acoso, boicot y en algunos casos tortura. Él mandó a un grupo al otro lado del mar, a Etiopía, donde un rey cristiano les dio refugio, un gesto que las fuentes musulmanas recuerdan desde entonces.
En el otoño de 622, después de más de una década así, salió con su amigo más cercano, Abu Bakr, hacia Yazrib, un pueblo del norte donde ya había mucha gente que había aceptado su mensaje. Ese viaje es la hiyra, la emigración, y de él arranca el calendario musulmán. Yazrib pasó a llamarse Medina. Allí no fue solo predicador sino jefe de Estado: redactó un acuerdo que fijaba cómo iban a convivir y a defender la ciudad los clanes musulmanes, judíos y paganos.
Siguieron ocho años de guerra intermitente con La Meca, con las batallas de Badr, Uhud y el Foso entre medias. La Meca terminó abriéndole las puertas sin combate, y él perdonó a los hombres que lo habían expulsado, incluidos algunos que habían encabezado la campaña en su contra. Murió en Medina el 8 de junio de 632, tras una enfermedad corta.
Cómo lo ven los musulmanes
Los musulmanes no adoran a Muhámmad ﷺ, y las fuentes insisten en ello. Era un hombre, él mismo lo dijo, y advirtió a sus seguidores que no lo elevaran como creía que otras comunidades habían elevado a sus profetas. Se llamaba a sí mismo siervo y mensajero de Dios. El cariño que le tienen es real y a veces sorprende a quien viene de fuera: añaden una bendición cada vez que se pronuncia su nombre, y la burla hacia él se recibe como una ofensa personal antes que abstracta.
La otra razón de su peso es práctica. Como los musulmanes creen que él fue el modelo de cómo se vive el Corán, la gente de su entorno registró con detalle sus dichos y sus costumbres. Ese registro, la sunna, va al lado del Corán y da forma a cómo los musulmanes rezan, comen, comercian, se casan y entierran a sus muertos.